¿Te has preguntado alguna vez qué hay después de la lluvia? Supongo que cuando eras niña tan sólo creías que estaba el arcoíris, o las lágrimas de algún hado divino. Sin embargo, cuando uno crece se da cuenta que detrás del misterioso azul que encara las gotas de lluvia no hay nada más que ese fresco olor a “tierra mojada”, como cuando tu madre te decía al final de tu berrinche porque no tenías ganas de bañarte y lo hacías a regañadientes. Sí, es eso, o al menos es lo que tú quieres creer.
Al pasar los días, y sobre todo los años, olvidamos la verdadera esencia inocente que le atribuimos a las cosas. En este caso al fenómeno gravitatorio constituido por la fórmula química llamada H²O. No es mi intención darte clases de química y mucho menos de física o de cómo demonios debes vivir. No, tan sólo quiero hacerte recordar el día en que te pedí que me permitieras ver la lluvia contigo, el día en que yo deseaba robarte tus sueños, para que disfrutaras estar mojada conmigo.

Y te veía sentada en el patio, la luz jugaba con tu cabello, era como si el sol y las nubes se pusieran de acuerdo junto con los árboles para hacerte una aureola y así saber que serías para mí. Estabas allí tan callada, tan solita, tan precisamente perfecta para mis pérfidos labios.
¿Recuerdas Rita, cuándo te dije que te quería? Creo que acababa de llover, y yo con mi cobarde taciturna existencia te lo susurré haciendo que tus robóticos oídos de mujer biónica escucharan lo que en la jaula, donde habita mi pertrechado corazón, decía con trémulo miedo.
Después de esa oración conjugada en un presente perfecto, comenzó lo que sería nuestro fin. ¡Ay Tita!, si tan sólo yo hubiera sido un poco más hombre de lo que tú esperabas tal vez esto no hubiera terminado tan así, tan triste, tan sombrío y sobre todo tan soberbiamente implausible.
Yo sabía que estabas en medio de una tormenta y no me importó, yo quería tomarte así, con todo y relámpagos, no entendía lo que tú me querías decir ¿acaso necesitabas más amor, más atención, más de mí? No, lo más seguro es que no necesitaras nada de mí.
Al principio, era todo miel sobre hojuelas, me gustaba. Estabas allí, tan linda como siempre con tu extraño estilo de niña bien portada con tu ropa deshilachada, tú me esperabas después de clases para ir a dar un paseo o para que te contara como me había ido en el día. Me gustaba nuestra relación-no-relacionada. No éramos nada, incluso yo engañaba a mi novia Sofía contigo. Y al parecer eso ni te incomodaba. Hasta que un día Sofía y tú llegaron al mismo tiempo, tú te hiciste como siempre, la niña castaña que se tiñe el cerebro de boba sosa rubia. Sofía me armó un drama peor que el de las telenovelas de televisión abierta, yo la verdad no sabía ni qué carajos sentía por ella, tan sólo era Sofía la chica más linda de la preparatoria y yo como novio universitario con mayoría de edad era el chisme descomunal entre sus más íntimas amigas con inteligencia de camarones al mojo de ajo.
-No sé qué le ves a Sofía, ni siquiera es bonita, y apuesto que no te hace reír como yo. -Fue la única “queja” que me diste, y que razón tenías. Ya que después de esas palabrería tuyas, Sofía paso no a segundo, ni a tercer plano, sino a la dimensión desconocida de exnovias y amores perdidos.
Conjuntamente mientras mi amor por ti crecía, el tuyo por mi se desvanecía, ya no eras alegre te la pasabas fumando como neurótica y preguntando hasta cuando iba a llover, querida estábamos en la época donde la lluvia era un milagro de Dios.
Rita, Rita, Rita, no sé qué rayos me pasó contigo, tan sólo cambié ya no me gustaba andar de coqueto más que contigo, ya no me gustaba estar con mis amigos más que contigo, ya no me gustaba estar solo más que contigo, ya no -cualquier cosa que se te ocurra- más que contigo.
Yo quería que me amaras, que sintieras el fuego extraño que se siente en el pecho cuando uno está enamorado y las mil y un hormiguitas caminando por el estómago, y no olvidemos la cara de estúpido al verte en minifalda con los espaguetis que tienes de piernas.
-Está bien, seamos esa cosa llamada “novios”. Anda, así podremos molestar a la crema y nata de sub-abogados que hay aquí. -Me dijiste emocionada un día que llegaste con muchos globos a mi salón, en sí lo gritaste, me dejaste helado, no era la declaración más cursi, pero tampoco la más normal.
A la siguiente semana de tu cardiaca declaración, comenzó a llover, ese día no nos habíamos visto, era de noche, tan sólo estaba en mi casa, acostado en la cama, pensando en la inmortalidad del cangrejo; escuchaba la lluvia, las gotas llenas de titilante fuerza. Sonó el primer relámpago, y tras el estruendo el teléfono también.
-Abre las cortinas de tu sala. -Colgaste, eras tú debajo de la fría lluvia de mayo, no distinguía si eran gotas o lágrimas lo que había en tus ojos, tan sólo me sonreíste y me saludaste. Y yo como si fuera un puberto viendo porno me quedé congelado entre tu expresión y lo que tus ojos decían.
Abrí la puerta, tomé la chamarra de cuero que tanto te gustaba y corrí a abrigarte, te conduje a mi habitación, estabas helada. Saqué ropa de mis cajones, salí de mi habitación dejando la puerta entreabierta sin que te dieras cuenta para así poder admirar tu cuerpo semidesnudo. Pero no, no fue así, tan sólo te quedaste sentada en mi cama mirando hacia abajo, susurrabas una especie de canción de cuna. Algo te había pasado, y yo ni siquiera te había saludado. Entré a la habitación, y te me quedaste mirando como si fuera un niño reprendido. Tus ojos tenían tanta tristeza disfrazada de falsa ternura. No sabía qué hacer o que decir, tan sólo me quedé estático como tú, hasta que el ruido del granizo interrumpió nuestro sublime sueño inmóvil y, de manera sistemática empezaste a vestirte.

-¿Me puedo quedar a dormir? -Fue la segunda oración que te había escuchado decir en toda la noche.
Saqué más cobijas de mi armario y las puse en la sala, te dejé mi habitación, sin embargo, en el momento donde estaba armando mi cama en el sillón, apareciste como si fueras un fantasma, me tomaste del brazo, jalándome a mi habitación, cerraste rápidamente la puerta, me besaste con tanta pasión que no me resistí a tus encantos de gata declarada.
Abrí los ojos por la cegante luz de la mañana, había sido una noche única, voltee mi cuello y ya no estabas, me paré como resorte y tan sólo estaba una carta. En ella me decías que no podías estar más conmigo, que no me merecías, que yo era mucho para ti, que aunque me querías no era lo suficiente para completar lo que yo te quería. Sólo te puedo decir que fue como si el cielo se estuviera burlando de mí y mi dolor. Estaba lloviendo.
Pasaron los días con lluvia y más lluvia, el cielo y yo estábamos enfermos de amor por ti pinche Rita; pasaron varias semanas hasta que te volví a ver, y estabas con otro cabrón besándote justo enfrente de mí.
¿Sabes qué es el amor? Supongo que no, supongo que jamás en tu triste vida, lo has descubierto y por eso jugabas conmigo, por eso me encantaste con tus venenosos labios, y tus ojos de muñeca.
Después de que terminaste de besarlo, volteaste y me viste. Y tan sólo me saludaste como si fuera la vecina chismosa de tu colonia. Estaba destrozado, estaba que ni el sol me calentaba ¿qué carajos había sido eso?
Por lo consiguiente te empecé a odiar, odiaba todo de ti, y todo lo relacionado a ti, es más no escuchaba las bandas de canciones que te había dedicado, no comía espaguetis porque me recordaban a tus piernas, no salía más que para ir a la facultad y a la tienda. Todo en este universo era como tu sonrisa, un enorme y espantoso vacío.
Finalmente recibí una invitación a tu boda, te casabas, y no era conmigo, yo que juraba que terminando el año te lo iba a proponer para que juntos estudiáramos la maestría en algún lugar de tu agrado y terminando nos iríamos de viaje y tendríamos dos hijos, a los cuales llamaríamos como nuestro abuelos, carajo tenía mi vida ya planeada contigo.
Tita, me jodiste la vida. Era lo único que tenía en mente para decirte el día de tu boda. Para así lastimarte y verte llorar, sabía que te dolería porque jamás te había dicho algo feo. Pero no, aquí me tienes dándote un recuento de todo lo que vivimos, y de lo importante que eras para mi, y no Rita, no iré a tu boda, no quiero ser el bufón de ti y tus invitados. Tan sólo me levantaré de este estúpido lugar e iré a buscarte. Pero tengo una pregunta final para ti.
¿Qué sientes después de la lluvia?
Luna Olive Lettuce
Estudiante de Lingüística y literatura hispánica. BUAP.
http://lunalettuce.blogspot.com/
lunalettuce@gmail.com
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